«Farmear aura»: los nuevos ritos de paso de la Generación Z

Mon

31 de agosto de 2026

Hace unos días, leyendo las noticias, me encontré con un concepto que no conocía: “farmear aura”. Según la noticia, tuvo lugar una quedada masiva de adolescentes en el centro comercial El Rosal para estas batallas que se organizan a través de cuentas anónimas y espontáneas en TikTok e Instagram. Como me llamó la atención este término, busqué información al respecto.

En la jerga de la Generación Z, «farmear» significa “acumular». Nace dentro del mundo de los videojuegos y se usa cuando pasas horas derrotando a enemigos o recogiendo materiales para mejorar tu personaje. «aura» es el carisma, el estilo y el respeto social que proyectas en los demás. Podemos decir, pues, que la tendencia de “farmear aura” consiste en convertir la vida cotidiana en un videojuego. Los jóvenes compiten en la calle por ganar puntos imaginarios de carisma y estilo ante los demás para obtener seguridad en sí mismos y más reconocimiento y respeto en su entorno digital y social. Se reúnen en círculos para competir en duelos silenciosos de gesticulación, donde el público premia con aplausos a quien demuestre mayor frialdad y control de su lenguaje corporal y, a la vez, abuchea al que pierde el reto.

Lo que a simple vista parece una ocurrencia simplista de TikTok es, en realidad, la manifestación contemporánea de una necesidad antropológica.

Los ritos de paso

Los antropólogos llevan más de un siglo estudiando cómo todas las sociedades humanas necesitan marcar de forma simbólica el momento en que un niño deja de serlo para convertirse en un miembro activo y responsable de la comunidad. Si miramos a otras culturas tradicionales, descubrimos que los escenarios cambian, pero el fondo es idéntico. Estas comunidades siguen celebrando hoy sus ritos como parte viva de su identidad:

Los Masái (África): Los jóvenes deben superar el rito del Eunoto, donde se les corta el pelo y se enfrentan a duras pruebas de resistencia física para demostrar que han dejado atrás la infancia y ya son guerreros (morans) capaces de proteger a su pueblo. Eso sí, se ha adaptado a los nuevos tiempos: ya no cazan leones para demostrar su valentía, pero regresan a sus aldeas para cumplir con el rito y ganarse el estatus de adultos respetados ante los ancianos.

Los Satere-Mawé (Amazonia): Los chicos demuestran su madurez controlando el dolor e introduciendo las manos en unos guantes tejidos con hormigas bala, cuya picadura es de las más dolorosas del mundo. Este rito sigue siendo el pilar central para formar a sus líderes y cazadores, y les otorga el respeto y el estatus ante toda la tribu.

La comunidad Amish (Norteamérica): El Rumspringa es un periodo de libertad y transición que viven los jóvenes amish cuando cumplen 16 años. Tienen permiso para conocer el mundo exterior: comprar ropa moderna, usar teléfono móvil, escuchar música o ir a fiestas. El Rumspringa termina cuando el joven decide bautizarse en la iglesia amish (aceptando sus estrictas normas y asumiendo los compromisos adultos) o abandonar la comunidad.

En todas las latitudes de la Tierra, madurar requiere una prueba, un reto y la mirada atenta de la comunidad que valida el cambio.

La evolución del tránsito juvenil en España

En nuestra cultura, para entender cómo mutan estos ritos, el antropólogo español Carles Feixa nos ayuda a ver cómo los jóvenes transitan de la niñez a la adultez dándole un nuevo significado a los espacios que habitan.

Hasta mediados del siglo XX, los ritos de paso eran cortos, claros y estaban perfectamente definidos por las instituciones (la familia, la iglesia o el Estado). Los jóvenes de clase obrera pasaban a ser adultos casi de inmediato al dejar la escuela, comenzar a trabajar y casarse. Para los hombres, el rito de tránsito por excelencia era el servicio militar obligatorio; quien volvía de la mili era considerado un “hombre hecho y derecho”.

Con la crisis de los años 80 las fronteras de la adultez se difuminaron por completo debido al paro juvenil, la prolongación de los estudios y la pérdida de sentido de ritos tradicionales como la confirmación o la mili. A partir de ahí, aparecieron ritos “alternativos” creados al margen del mundo adulto.

  • Las tribus urbanas: Funcionaban como un nuevo rito de paso identitario a través del corte de pelo, la ropa o la música.
  • El consumo y el ocio: El inicio en el consumo de alcohol, las salidas nocturnas o sacarse el permiso de conducir pasaron a ser los nuevos “umbrales” de madurez.

Para Carles Feixa, los años 80 marcan el nacimiento de la juventud eterna, obligando a las nuevas generaciones a inventarse sus propios rituales de madurez para saber quiénes son.

La transformación digital

Con la llegada del siglo XXI, los ritos del tránsito no han desaparecido, sino que han sufrido una transformación radical. Han pasado de ser un “reloj analógico” que avanza en línea recta (estudiar, trabajar, casarse) a un “reloj digital” que funciona de forma discontinua. Las pantallas e internet permiten que el tiempo se fragmente y que las experiencias sean simultáneas. Los ritos de paso dejan de ser un gran evento único y lineal en la vida; ahora son micro-ritos intermitentes. Los jóvenes entran y salen de diferentes estados, roles e identidades de forma constante.

En este nuevo paradigma, los adultos pierden el monopolio de la transmisión del conocimiento. Los nativos digitales dominan las herramientas tecnológicas mejor que sus padres o profesores. Por ello, los ritos ya no requieren la supervisión, aprobación o guía del adulto; los jóvenes se auto-inician y se validan exclusivamente a través de las redes sociales.

De la calle a la red

En mi propia adolescencia, el rito era comunitario y analógico. El paso a la juventud se formaba de manera colectiva y presencial en la calle. A través de juegos, los chicos mostraban su fuerza, su pericia y su valentía para ganar en liderazgo. El hecho de que fuesen “malotes” y fumasen o bebiesen sumaba puntos. Las chicas más populares se mostraban tímidas pero a la vez atrevidas, cogiendo a hurtadillas el calzado o la ropa de sus hermanas mayores e imitando sus gestos. La validación social la buscábamos, muchas veces, sintonizando un programa de radio (Ronda) esperando una dedicatoria o asaltando el buzón a horas tempranas esperando encontrar una carta de amor de un admirador secreto. El «aura» se ganaba conquistando la calle mediante códigos de presencialidad.

En la adolescencia de mis hijos, a finales de siglo -¡cómo suena eso!- los tránsitos se fragmentaron. Con la llegada de los ordenadores y los primeros formatos digitales, el espacio de socialización se duplicó. Sin embargo, la psicología social destaca que esta época también propició ritos de introversión: la habitación se convirtió en una trinchera privada donde la música y la expresión artística servían de canales individuales para procesar la vulnerabilidad de la transición vital.

Hoy, el espacio donde se demuestra que uno “ha pasado la prueba” se desplaza del mundo físico al entorno virtual. El primer móvil, abrirse una cuenta en una red social, subir el primer vídeo o gestionar los likes constituyen el nuevo umbral de integración social. Los rituales ya no buscan fijar a una persona en un rol social para toda la vida; los ritos actuales buscan la flexibilidad, la capacidad de adaptación y el cambio constante. El estatus social tiene que actualizarse permanentemente en las redes sociales.

Los tránsitos actuales: La era de los «Ritos en Espiral»

Antiguamente, los ritos de paso de la niñez a la edad adulta implicaban alejarse de la tribu, enfrentarse a la naturaleza y superar el miedo. Hoy en día, la sociedad ha diluido esos ritos, dejando a los adolescentes en una “adolescencia eterna” tutelada por pantallas. Los adolescentes de hoy, tampoco viven un rito de paso lineal con un principio y un final claros. Los jóvenes actuales experimentan lo que Carles Feixa llama «ritos en espiral». Esto significa que su camino a la madurez es circular y nómada: los chicos entran y salen constantemente de diferentes identidades, moviéndose con total naturalidad entre el mundo físico de la calle y el mundo virtual de las redes. Sus tiempos y jergas van a una velocidad vertiginosa.

La quedada en El Rosal es el reflejo perfecto de este rito en espiral: una apropiación de un espacio público físico para escenificar en vivo un juego y unos códigos que nacieron en las pantallas.

“Farmear aura” es un rito perfecto de este “reloj digital”: no intervienen los adultos, ocurre a través de la pantalla y se basa en una contabilidad virtual de puntos de estatus en constante cambio. La tendencia de farmear aura es mucho más que una simple moda pasajera de TikTok; se trata de una manifestación total de estos ritos de tránsito del siglo XXI.

Pero este ecosistema actual es plural y convive con otras formas de maduración en espiral igualmente válidas que, precisamente, huyen de esa masificación:

La desconexión protectora

Muchos adolescentes más introvertidos prefieren alejarse de las multitudes, como le pasa a mi nieto. Él encuentra su propio “farmeo” con la bici de montaña, practicando enduro, un deporte que se ha convertido en su rito de transición para ganar seguridad y descubrirse a sí mismo a través de la naturaleza. Este deporte requiere destreza, técnica, valentía y fuerza. De algún modo, esta disciplina le devuelve al rito ancestral: la fatiga, el dolor, la gestión de la frustración o el peligro, lo van transformando. Cuando regresa de la montaña, regresa alguien que ha conquistado un territorio y se ha conquistado así mismo.

  • Comunidades nicho en la red: Otros jóvenes maduran especializándose en micro-comunidades digitales, espacios cerrados donde buscan intimidad, pertenencia y conectan únicamente con personas que comparten intereses, valores o necesidades muy específicas (un videojuego concreto, diseños interactivos creados por ellos, sagas de libros o comunidades de apoyo dedicadas a minorías, entre otras muchas) desde la seguridad de sus dormitorios, donde encuentran validación con sus iguales sin someterse a la sobreexposición pública masiva.

Farmear Aura: las dos caras de la moneda

El psicólogo y educador Jaume Funes, uno de los mayores divulgadores sobre la adolescencia en España, insiste en que los adultos solemos cometer el error de juzgar las conductas de los adolescentes desde nuestros propios códigos pasados, en lugar de intentar comprender las necesidades psicológicas que intentan cubrir. Como todo rito, este fenómeno tiene luces y sombras que los especialistas nos invitan a analizar:

Los Pros:

  • Socialización física: Apropiarse de un espacio en un centro comercial para realizar un juego comunitario es una respuesta saludable frente al aislamiento. Cambian el entorno virtual por el espacio físico y demuestran una enorme creatividad a través del humor irónico.
  • Escudo contra la frustración: El humor y la ironía les enseña a gestionar la vergüenza, reírse de sus propios fallos y perder el miedo al ridículo.
  • Ensayo de autocontrol. En las batallas, el ganador es el que logra mantener la compostura, estas dinámicas les pueden enseñar a ensayar la expresión corporal y ganar en seguridad.
  • Ocio libre y gratuito. No necesitan consumir alcohol, ni gastar dinero para divertirse juntos.

Los Contras:

  • Gamificación de la identidad: Tratar la vida social como un videojuego donde constantemente sumas o restas puntos somete al adolescente a una hipervigilancia constante sobre su propia conducta.
  • Dependencia de la validación externa: El peligro surge cuando la autovaloración depende íntegramente del aplauso ajeno; cualquier torpeza se procesa con una ansiedad y un temor al ridículo desproporcionados, haciendo que el personaje devore a la persona real.
  • Creadores de contenido gratuito: Los chicos actúan trabajan gratis para las grandes corporaciones de internet (Tik Tok, Instagram). Mientras las plataformas monetizan el tráfico masivo de vídeos de las quedadas, los adolescentes asumen toda la exposición pública y los riesgos psicológicos del juicio social sin recibir nada real a cambio.

¿Qué nos recomiendan los expertos a padres y educadores?

Nuestra tarea no es juzgar estos movimientos desde la nostalgia, creyendo que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Las principales recomendaciones de los especialistas para abordar estas realidades se resumen en cuatro pilares esenciales:

  1. No ridiculizar ni prohibir: Intentar censurar sus quedadas o burlarse de sus términos solo ensancha la brecha generacional. Preguntarles con curiosidad qué significan esas palabras para ellos y validar su necesidad de pertenecer al grupo es el primer paso para que se sientan comprendidos.
  2. Desdramatizar el error: Los adultos debemos construir espacios seguros donde equivocarse, meter la pata o mostrarse triste y vulnerable no reste «puntos», sino que sea parte natural del aprendizaje vital.
  3. Ofrecer alternativas de desconexión: Debemos fomentar espacios analógicos —como el deporte no competitivo, el contacto con la naturaleza o el arte— donde el valor del adolescente no dependa de la mirada o el aplauso de un público ni de una puntuación ficticia.
  4. Acompañar en la construcción de la identidad real: Ayudarles a separar el «personaje» (lo que muestran en las redes) de la «persona» (quiénes son por dentro). Nuestro rol es recordarles que su valor humano es intrínseco y no negociable, independientemente de la cantidad de «aura» que dicten los códigos de su generación.

Los escenarios cambian, pero el latido de fondo es el mismo. Nuestra tarea como padres, madres y/o educadores es aprender a mirar estos tránsitos con asombro, respeto y una profunda pedagogía del cuidado, asegurándonos de que cada joven, a su manera y sin el peso de las expectativas, encuentre un lugar seguro para expandir su propia luz.

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