Los estoicos proponían para estas fechas un balance honesto, desde la gestión emocional, canalizando deseos. Se enfocaban en las virtudes cardinales: prudencia, fortaleza, templanza y justicia. Para ellos, cerrar un ciclo implicaba integrar aprendizajes y liberarse de lo que no servía para expandir la consciencia y el propósito de vida.
Según Karl Jaspers, uno de los máximos exponentes del existencialismo del siglo XX, los momentos de cambio o conmoción (como el fin de un año) son orígenes del filosofar, impulsándonos a cuestionar nuestro propio ser.
Y estoy de acuerdo con él. Eso es lo que me invita a hacer esta mañana gris…
El tiempo lineal nos conecta con la finitud (se acabó el año), el tiempo cíclico nos ofrece esperanza y renovación.
Para Marco Aurelio, el cierre de un ciclo no es una pérdida, sino una transformación necesaria dentro de un orden universal perfecto.
Sostenía que quien ha vivido cuarenta años ya lo ha visto todo, pues el mundo se repite en sus formas y procesos. Para él, el cambio es la esencia de la naturaleza: lo que hoy termina es simplemente el combustible para lo que nacerá mañana.
Al final de cada día (o año), un estoico debe realizar un examen de conciencia para evaluar si actuó con virtud.
Esta idea, muy presente en sus escritos, invita a aceptar el cierre de ciclos no con resignación, sino con entusiasmo, entendiendo que cada final es parte de un diseño mayor que no podemos controlar pero sí abrazar.
Séneca recomendaba que, al terminar el día (o el año), nos preguntáramos: ¿Qué mal hábito he curado hoy? ¿En qué soy mejor que ayer?.
Como cierre de año me quedo con el principio fundamental del estoicismo. Es el momento ideal para soltar lo que no controlo y renovar mi compromiso con lo único que me pertenece: “mis juicios” y mis “acciones” presentes.
Para poder vivir con serenidad, es importante recordarme que hay cosas que dependen de mí, y otras no.
Mis juicios. Como interpreto yo el mundo solo depende de mí. No es lo que ocurre lo que me perturba, sino mi opinión sobre los hecho. Hay cosas que sí me pertenecen, como la etiqueta que le pongo a lo que acontece. Puedo perder un empleo, y eso solo es un hecho. La etiqueta que le ponga a ese hecho, “tragedia” u “oportunidad”, eso sí es mío, y es mi responsabilidad.
Mis acciones. Mis intenciones, decisiones y el esfuerzo que pongo en lo que hago, eso es mi voluntad.
No es mío el éxito, la riqueza o la salud, puedo influir en ellos pero hay factores externos que pueden arrebatármelos.
Lo que sí me pertenece es mi carácter, mis elecciones del momento presente.
No puedo cambiar nada de lo vivido en el 2025 pero me pertenece el juicio con el que decido ver esos recuerdos hoy.
Cualquier meta que me proponga para este 2026, el resultado final no es mío, pueden pasar mil cosas fuera de mi control, pero el esfuerzo diario, la disciplina y la rectitud con la que trabaje sí son exclusivamente míos.
Cierro este ciclo con entusiasmo. Balance positivo.
Prudencia, fortaleza, templanza y justicia son mis deseos para este 2026.
Y cómo dirían los estoicos, probablemente Epicteto;
“Que este año, mi libertad comienza donde termina mi deseo por lo que no puedo controlar”.





Me han encantado tus reflexiones, muy “tú”… al leerte me he dado cuenta de que tengo más ganas de verte de lo que la realidad inmediata me permite.
Te quiero, Mon, aunque haga mil años que no veo esos ojos marrones que asoman bajo tu flequillo…
Feliz año, amiga mía!
Este tiempo acelerado, de pasos rápidos, de poca profundidad…
Te entiendo perfetamente, a mí me ocurre lo mismo. Como decía Bécquer «Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarán».
Y así vuelve siempre a mi mente nuestro plan para vernos. Han pasado mil cosas y el tiempo vuela, pero aunque esos días no vuelvan, nuestras ganas de abrazarnos, son como las flores: siempre vuelven a brotar.
Que este año nuevo nos traiga la oportunidad de ese ansiado encuentro.
Te quiero, rubia.